La edad...


Yo comencé en la profesión planeando que fuera solo un año de mi vida, van seis y acá me ves, sigo en lo mismo. Quien hablaba lo hacía tendida en un sillón con las piernas abiertas: no estaba en un consultorio vomitando la terapia, todo se desarrollaba en la habitación donde prestaba servicios. Solo unos segundos atrás, el joven que la escuchaba, la penetraba sacándole el jugo a los billetes que debió abonar para saciar sus lujurias veniales. Una vez terminado el acto le prestaba atención al desahogo que ella necesitaba, aunque no le cobraba nada por ello.
Es una relación al menos rara: ¿por qué el psicólogo cobra por escuchar a sus clientes, la mujer hace lo propio con sus pacientes para desagotar sus íntimas tuberías y el muchacho la escuchaba sin pedir a cambio ninguna gratificación?
Yo ya estoy grande, hay mucha competencia, está lleno de pendejas, hace seis años era una nena de veintisiete, era otra cosa. No me quejo, tengo clientes, pero tambien con el tiempo perdí muchos. Increíble, a los treinta y tres años se pensaba una vieja, y quizás era cierto por más que su cuerpo aún fuera bello, seis años vendiendo amor hacen mella en el organismo, un trabajo insalubre cómo el de los mineros: una habitación herméticamente cerrada, de día y de noche, aislada del exterior para que ningún vecino del edificio intente mirar o se de cuenta de lo que ocurre en ese departamento. Las ventanas tapiadas, la oscuridad y el anonimato para brindarle mayor seguridad al cliente: ese inexplicable hombre que se toma la hora de almuerzo y en vez de comer tranquilo llama a la puerta en distintas casas de putas próximas a la oficina. Y quien lo viera. Tan formal, empresario, perfumado, médico, aliñado, banquero, de saco y corbata al tono, una persona tan refinada que no le da la mano a los mendigos en la calle por asco y allí, una vez que alquiló el servicio, el dinero que pasa de manos tiene el efecto de hacerlo olvidar, cree a esa mujer como propia: le besa los pechos metiéndose sus pezones entre las encías, junta su lengua, su saliva con la de ella, baja con su boca a sus partes pudendas, se acuesta en esa cama, las sábanas, la almohada, ¿y los que estuvieron antes? El semen, la baba de los demás, la transpiración ajena, de otros hombres, uno por hora, ¿qué hora es? ¿Cuántos pasaron sobre la misma piel que el besó? Y si, es cierto, éste trabajo envejece, aunque soy muy joven todavía.

10 abajo firmantes:

Anónimo dijo...

Bello!

SILVIA dijo...

No es necesario ser viejo para serlo...
Bello relato. Un abrazo!!!

Mayteღ dijo...

Porque el tiempo y la vida...vibran aún en las miradas que envejecen.

Un besiño.

Jorge/George's dijo...

Fabuloso relato, ese es el dinero, compra de todo, vuelve mugrientos hasta los más meticulosos.

Mª Pilar dijo...

Comprarán sexo, pero nunca podrán comprar amor.
Muy bien escrito el relato

Un abrazo

Pilar

silenciodelanoche dijo...

muy bella historia. el corazon nunca envejece. bello relato intenso e interesante.

un beso

...(¯`v´¯) ♥ ♡♥
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...¸.•´SilencioDeLaNoche
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Marisol dijo...

¡Qué dura realidad!
Suena a reflexión este cuento tuyo.
Recibe cordiales saludos.

alejandra :) dijo...

gracias por compartirlo.
me gusto mucho, lo leere prontoo.

espero volver a platicar, fue interesante conocerte :)

laura dijo...

Acabo de ver tu comentario en mi blog, no había escuchado nada de tu novela...
Me informaré sobre ella y si la temática me gusta, intentaré hacerme con ella y por supuesto, reseñarla ^^

un saludo

Mizzy Pops dijo...

Un relato anónimo formidable